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Agrocombustibles: …o cinismo?
Una catástrofe
Si estas vastas plantaciones de agrocombustible no van a competir con la producción de alimentos entonces deberán ser establecidas en “otras” tierras. Dicho de otro modo, el bosque del Amazonas debe ser sacrificado, también la sabana africana, el cerrado brasileño, los bosques de Borneo y Colombia y los ecosistemas saludables que aún quedan en la India, al igual que el Pantanal, el humedal más grande del mundo, ubicado entre Bolivia, Paraguay y Brasil.
La destrucción de ecosistemas en el altar de los agrocombustibles no es teoría ni opinión, ya ha comenzado. Aún antes de los cultivos energéticos, ya había comenzado la carrera para convertir los ecosistemas de Suramérica, especialmente Brasil, Argentina y Paraguay, en cultivos de soya, no para alimentar los pobres y hambrientos sino para alimentar ganado en corrales de engorde en Europa y China.
Los impactos ambientales del monocultivo soyero incluyen “pérdidas de bosques y sabanas debido a la destrucción directa… el desplazamiento de la agricultura existente; pérdidas relativas a la biodiversidad; emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera a través del cambio de uso de la tierra y el uso de fertilizantes que incluyen emisiones de óxidos de nitrógeno; erosión del suelo, y perturbación de la superficie, del agua freática y de las pautas de precipitación”, dice una carta abierta de abril de 2009, firmada ya por noventa organizaciones ecologistas y redes activistas.
advierte GRAIN. “En apenas algunos pocos años, el avance permanente de la frontera agrícola en la Amazonía seguramente llevará a que esa selva tropical traspase el crítico ‘punto de inflexión’ en el que empezará a secarse y convertirse en llanuras. Si eso ocurre, no habrá efectivamente nada que detenga a los agricultores, que no encontrarán motivo alguno para no explotar económicamente esa selva moribunda.”
La organización continúa, diciendo que “a medida que la selva muera, cientos de miles de habitantes ribereños, familias campesinas y pueblos indígenas quedarán desheredados, y el mundo perderá una biomasa extraordinaria que desempeña un papel central en la regulación del clima mundial. Igualmente grave será el hecho que la destrucción de la selva amazónica liberaría cerca de 90 mil millones de toneladas de carbono a la atmósfera, que es por sí mismo suficiente para incrementar el ritmo del calentamiento global en un 50%.”
El impacto del cultivo de caña para etanol también es devastador, a pesar de que la producción de etanol de caña en Brasil ha recibido elogios de ambientalistas y partidarios de la energía renovable de diversas partes del mundo.
“Es grave que se exporte este modelo brasileño como algo especial, cuando no es otra cosa que más de lo mismo: agronegocio, monocultivo y trasnacionales”, dice Camila Moreno, de la organización Terra de Direitos. “Lo que también preocupa es que el cultivo de los agrocombustibles constituye, como ya se ve con la caña, una nueva y gigantesca frontera para expansión de transgénicos, cuyos riesgos e impactos preocupan y generan rechazo cada vez más generalizado, y que erosionan más y más la soberanía sobre los recursos estratégicos.”
Con el cultivo de palma aceitera es una historia tristemente similar.
dice una carta abierta emitida por la campaña internacional Salva la Selva en 2009, y firmada por decenas de organizaciones de México, Paraguay, España, Italia, Suiza y otros países. “Requieren de productos agroquímicos que envenenan a los trabajadores y a las comunidades, y contaminan los suelos, las aguas y la biodiversidad, agotan el agua dulce y los suelos. Los monocultivos de aceite de palma no son y no podrán nunca ser sostenibles y la ‘certificación’ sirve como un medio de perpetuar y ampliar esta industria destructiva.”
Según estudios recientes el producir una tonelada de biodiesel de aceite de palma proveniente de las tierras de turba de Asia suroriental genera de 2 a 8 veces más emisiones de CO2 que la combustión de una tonelada de diesel de combustible fósil.
De la revolución verde a las relaciones públicas
Los monocultivos masivos son la manifestación del modelo conocido como la revolución verde (o agricultura industrial), que por décadas ha sido promovido por el gobierno de Estados Unidos, agencias de las Naciones Unidas y las fundaciones Ford y Rockefeller.
Los monocultivos de la revolución verde, que supuestamente vinieron a poner fin al hambre, han ampliamente demostrado ser ecológicamente destructivos, propensos a la erosión, exterminadores de la biodiversidad y sinónimo de ruina para pequeños agricultores y comunidades rurales por todo el mundo. No pueden ser sustentables nunca, siempre necesitan de grandes insumos energéticos y siempre requieren de pesticidas y herbicidas tóxicos. Y no pusieron fin al hambre.
Fuente: alainet.org